miércoles, 23 de mayo de 2012

Rituales del duelo

Lo había hecho muchas veces antes de aprender su significado. No menos de cinco. Fue en El último de la tribu donde supo que esa era una forma ancestral de comenzar el duelo. La última vez que se vieron, incluso antes de encontrarse, él ya sabía que al regresar volvería a hacerlo. Probablemente ambos lo sabían.

Pero no fue como en las oportunidades anteriores. Esta vez había una necesidad más profunda, como si necesitase sacarse todo, extirparse el corazón. Para que no volviera a doler, para que nadie pudiera entrar jamás. Se dio la orden: "bajo siete llaves" y se prometió cumplirla y tiró cada una de las llaves en lugares diferentes. Una en el rincón de los recuerdos, otra en la caja de los m a l o s r a t o s s i n r e m e d i o, otra en el frasco de las desilusiones, otra en la de los parches para la vida, y así, una por una... hasta que junto cada uno de los recipientes y los enterró en el cementerio del olvido. Ya no habría cantos de sirenas que lo conmovieran, ni excusas para reabrirlo.


 
Se paró frente al espejo, como tantas veces lo había hecho frente a la tumba de su padre. Intentó, como otras veces, saber que deparaba el futuro. Pero en el espejo estaba él y su decisión, nadie más. Encendió la máquina y comenzó por sexta vez con el ritual. La operación duró más de una hora, fue despaciosa, conciente.

Se acordó del rojo, ese color que a ella le abrió una brecha: súbitamente y sin esperar nada, aparecieron señales, mensajes, palabras o colores (un color rojo, por ejemplo) que inmediatamente le cambiaron el curso a las emociones.

Recordó la última cena, ambos tan distantes, tan distintos de lo que aparecían en sus escritos, porque la escritura alivia, pero también miente. Ella y él, como en un presagio. Mira la foto de ese día: coincidieron en el negro. Negro de luto. Y se dio cuenta que debía mantener el equilibrio, porque nadie, nadie, en ningún lugar, lo salvaría...

Eran de mundos diferentes, lo terminó de palpar en esa última cena que tuvieron junto a sus amigos. Ella, en todo caso, salvaba a otro, al estilo Juarroz. Y él ahí, ya también era distinto. Sin preanunciarlo, en esa paradójica Última Cena, también comenzó el duelo.

Y volvió a su casa, como ya lo había hecho en algúna otra oportunidad y por causas diferentes (o no tanto, todas habían sido pérdidas) pacientemente fue dejando su cuerpo sin un pelo.

Al contrario que otras veces, en esta no se rasuró el bigote, que jamás había usado sin su barba. Y se afeitó una y otra vez, por largos días, por varios meses. Hasta que el dolor fue desapareciendo y su corazón no estaba más.

Ya no hay más escritura que lo alivie ni tampoco anda buscando la luz. Nada de eso existe. Ahora son días que pasan, uno tras otro, esperando el último, aunque sin buscarlo.

Archivó sus cosas y a sabiéndas, también archivó lo que quedaba de él.

Ella sacó su amor del stand by en un aeropuerto.

Él ya no siente. O más bien siente que se ha muerto.

domingo, 25 de marzo de 2012

24 de marzo con La Negra Redona

"¿Porqué tenés esa cara de culo?", dice la Negra que me preguntó el día en que establece ella que nos conocimos y que yo le respondí "Y a vos qué mierda te importa". No doy fe que haya sucedido, pero conociéndonos, es probable que haya sido así aunque yo sé que nos teníamos vistos desde mucho antes de esa marcha.


Gritona, poguera, frontal, este 24 de marzo volvió a putear a los milicos y a pedir que no haya ninguno en carcel común: "¡No nos reconciliamos, no perdonamos! 30.000 desaparecidos ¡Presentes!!! gritó una y otra vez. Estamos frente a las fotos de los desaparecidos de nuestra provincia y se pone grave. Hace muchos años que nos conocemos y, de tanto en tanto suelta -como en una confesión- algún relato que la hace revivir aquellos momentos de dolor frente al terror de la dictadura.


Intenta asir una foto para evitar que la brisa la bambolee, no llega, la señala y me cuenta: Nuestras familias eran muy amigas y pleneaban que fuéramos novios. No lo dice, el silencio es más que elocuente y después, cuando se recupera, me larga: yo estaba re enamorada... Y el dolor se queda en su cara. No llora. La Negra nunca llora frente mío, pero veo las lágrimas que le brotan del alma. Y recorre las caras mercedinas que van cobrando vida a través de sus palabras, cada una... Amigos, amigas, gente que ya no está, que fue arrancada y le pido que me ayude a rescatarlos del retrato, que vuelvan a corporizarse y dejar de ser una foto de desaparecidos y sepamos quienes y cómo fueron. No contesta. Respeto el silencio y aguardo, porque sé que algún día, vino de por medio, contaremos sus historias.


sábado, 11 de febrero de 2012

Un pequeño paseo por Coyoacán


Diciembre 23. Invierno en Coyoacán, en el DF mexicano. Se parece más bien a una tardecita de otoño en Buenos Aires, aunque con muy pocas hojas secas en los árboles. El sol se cuela entre el follaje mientras avanzamos en el auto. Es temprano o acaso tarde, según nos lo permitan los sentidos. El cambio cultural de las comidas -a destiempo para los argentinos,-pues se come a las 3 pm- y el clima –los inviernos no son muy fríos-, lo confunden todo.


La calle ancha, la esquina azul eléctrica, los toques color ladrillo con ventanales y puertas verdes. Allí vivieron Diego y Frida. De afuera no parece tan grande, pero adentro los espacios se multiplican y la casa transporta a un mundo de discusiones artísticas y políticas que comenzaron más o menos en los '30. Es la famosa Casa Azul, (en la esquina de Londres y Allende, en pleno corazón de Coyoacán) color con que se contagiarán otros puntos de la ciudad.

"Yo soy maestra mexicana", dice mi ocasional guía en la taquilla y se enorgullece que en su país esos ámbitos estén abiertos por un costo mínimo o gratis para los docentes.


La casa perteneció a la familia Kahlo desde 1904 y en 1958 se convirtió en museo. En esta casa nació, vivió y murió Frida Kahlo. Dentro de su recámara se encuentran las cenizas de la emblemática (y bigotona) pintora.



Los espacios internos, la intimidad de las habitaciones, está vedada para las fotos cuando se recorre. La obra de Frida Kahlo permanece allí en las paredes rústicas, plasmando de tanto en tanto su sufrimiento. El corset que la acompañó desde su accidente se multiplica. Frida se repite en el interior y no será hasta llegar al patio cuando se haga presente Diego de Rivera. Y los pensamientos de ambos. En cada rincón hay retazos de la cultura de los pueblos originarios de esta parte del mundo. Jarrones, esculturas, hasta una réplica de una pirámide.


"Señora Frida Kahlo, alias la más preciosa chiquitita que es más que mi vida", dice Diego frente a un plato de abundante comida, que se exhibe en una postal de las tantas distribuidas en el frondoso jardín de plantas tropicales.


"Muchas veces me simpatizan más los carpinteros, zapateros, etc., que toda esa manada de estúpidos, dizque civilizados, habladores, llamados gente culta", dejó escrito Frida, que posa en una foto sentada frente a la barriga prominente de Diego que la mira casi con devoción y una mano en el bolsillo.

Muy cerca de la Casa Azul, casi a la vuelta (de hecho habría sido a la vuelta, cuando Coyoacán era “las afueras” del DF) está la casa-Museo León Trotsky. La casa donde vivió en su exilio en México, la casa donde lo mataron. La casa que todavía guarda sus cenizas y en la que se pueden ver sus libros, su cama, su cocina y algunas prendas que aún cuelgan del perchero en el baño.


Coyoacán, cuyo nombre deriva de los coyotes, es una de las dieciséis delegaciones del Distrito Federal, ubicada justo en su centro geográfico, en la planicie del Valle de México.

Es un barrio bohemio, pero también es un fuerte referente de la izquierda. Hoy es reducto de intelectuales pero también destino popular los fines de semana. Allí conviven las mezcalerías (ese delicioso trago oaxaqueño, el del gusano) con los restaurantes de comida uruguaya. Hay varios cafés “El Jarocho” pero también Starbucks. Hay artesanías de lo más variadas, coloridas y de diferentes regiones de México y también hay librerías con las novedades del momento.

Es una zona bohemia pero con una de las calles más caras de todo el DF: la elegante Francisco Sosa, por momentos empedrada, sobre cuya trama se ven portones enormes que cubren lo que se avizoran como mansiones.

Posee una gran infraestructura cultural y turística. Allí tienen sus sedes instituciones educativas como la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad Autónoma Metropolitana. También alberga recintos tan importantes como el Museo Nacional de las Intervenciones, el Anahuacalli (o museo-estudio de Diego Rivera), el Centro Cultural Universitario y el Museo Nacional de la Acuarela.



Cae la tarde, los abundantes adornos navideños le dan un toque especial a las calles. El nacimiento de Cristo es una de las fechas a las que los mexicanos le dan singular importancia. Cierra el año de celebraciones que comienzan para la fecha de la Independencia, con el “grito”, el 15 de septiembre; prosiguen con Día de Muertos, el 2 de noviembre, y culminan con la Navidad. Piñatas de cinco puntas llenan las calles y las plazas de la ciudad, aunque deberían tener siete picos. En todo el país sucede algo similar. "Son los siete pecados capitales", me explican. Intentan dejarlos atrás con el nacimiento y para ello las llenan de dulces y las rompen el 25 de madrugada. No entiendo muy bien lo de los siete pecados y las cinco puntas de las piñatas, pero quién soy para discutir lo que apenas estoy conociendo...

También el centro histórico de Coyoacán es un barrio intelectual y bohemio de la capital mexicana, pero conjuga en cada esquina la tradición y la fe.


Frente a la plaza principal se replican los colores de la casa de Frida y Diego. Librerías, bares, restaurantes de comida típica forman alrededor de esa manzana de innumerables ligustros que asemejan a un laberinto.


Numerosos personajes públicos mexicanos y extranjeros, entre artistas, intelectuales y políticos, han tenido su residencia en Coyoacán o en sus barrios. Todo tiene un aspecto especial. Entra la noche y con ella el deseo de degustar un buen plato mexicano. Podrían ser tacos, de las tantas variedades que se ofrecen, incluso en la calle.


Una rueda de carne invita a pasar en Pepe Coyote. Es con la que se preparan los famosos “tacos al pastor”. El cocinero va sacando tiras de carne de puerco del inmenso trompo que luce en la vereda y le agrega un pedazo de ananá que se cuece arriba. Adentro, junto a música en vivo, se replican en un mural que podría haber pintado Diego Rivera, numerosos personajes que fueron vecinos ilustres del lugar.


El aroma de la masa de maíz de los tacos lo invade todo. Es especial, con insinuaciones dulces. Pido una cerveza. Me proponen una michelada (con limón y salsa Tabasco) pero no me animo. Hace apenas unos días que estoy y la salsa picosita (verde, roja, con palta, sin ella) me parece demasiado, la dejo para aderezar los tacos, con apenas un toque. Quizá mañana, quizá... Me dejo tentar por un Tanque de cerveza tirada. ¿Será mucho? me pregunto. Pero puede ser insuficiente para apagar el incendio de los chiles.


Nos dedican una canción, cantada en vivo por los mariachis que van de mesa en mesa. Pido otra cerveza y se hace la hora de la retirada. Afuera, Coyoacán sigue su ritmo y se van apagando sus voces. En la calle, el tranvía con turistas que recorre sus calles contando sus intimidades, terminó su último recorrido. Habrá que esperar hasta mañana o quizá, el próximo viaje a México, para saber un poco más.



Gustavo Senn

Michelada: La preparación es muy sencilla, basta con escarchar un vaso (poner sal en el borde), añadir jugo de limón, hielo (opcional), agregar las salsas y finalmente verter la cerveza. Salsas usadas: salsa picante, salsa inglesa, salsa tabasco, jugo sazonador, chamoy e incluso una mezcla comercial de jugo de tomate y ostión.

Comidas: El desayuno se puede prolongar hasta pasada la media mañana y contiene de todo tipo platos combinados con un café de sabor fuerte pero de color pálido. La compañía puede ser el tradicional pan tostado, jamón, queso, pasando también por platos más suculentos: desde los chilaquiles (hechos con tortilla seca, en salsa roja o verde, con pollo o huevos fritos), las enfrijoladas (tortillas bañadas en frijoles negros refritos) hasta los tacos de barbacoa ( preparados con cordero tan cocido que se deshebra). La cena es apenas caída la tarde y hay innumerables platos típicos para degustar. La mayoría condimentados fuertemente. Pero se puede comer a cualquier hora del día en puestos callejeros o pequeños lugares que brotan al costado de la calle.

Coyoacán: Al momento de la conquista, Coyoacán formaba parte de la esfera de influencia de México-Tenochtitlan, que se proveía de agua dulce en los manantiales coyoacanenses. Después de la Conquista se estableció ahí el primer ayuntamiento y sede del gobierno novohispano. Durante el siglo XIX fue escenario de numerosos enfrentamientos entre facciones mexicanas y contra los invasores extranjeros. En el Porfiriato fue adquiriendo su carácter de barrio acomodado, a costa del desplazamiento de los habitantes originarios. En él vivieron, de manera estable u ocasionalmente, además de Diego y Frida, que consiguieron asilar allí a León Trotsky; el célebre escritor Gabriel García Márquez, el muralista David Alfaro Siqueiros, el ex presidente Carlos Salinas de Gortari y más cerca en el tiempo, la cantante Lila Downs.

martes, 31 de enero de 2012

Mudo los archivos ¿también me estaré archivando? ¿o será solo una mudanza?

Malena, mi hija, me pide que desocupe un armario donde guardo parte de mi historia periodística en formato analógico. También las pruebas irrefutables para que el FBI me condene con la ley SOPA: 300 cassettes piratas grabados cuando tenía acceso, por canje con la radio, a las disquerías.

Son seis cajones en total. Parte en VHS, parte en Super VHS, parte en cintas de audio. Están también allí algunas reliquias: los primeros grabadores que me acompañaron en la tarea de registrar cosas que me acuerdo en parte, que alguna vez fueron importanes y otras que por más que intente no recuerdo.


Ahí están; miro una carátula del cassete: "Los unos y los otros", Radio Nacional. De esa etapa me acuerdo tres cosas, pero seguro no están allí. La pelea con el entonces ministro de Hacienda, Claudio Poggi, hoy gobernador. Hablábamos sobre una obra, le decíamos que mentía y él que no y que no. Y teníamos razón. Solo hizo falta tiempo, como dice Concha Buika.

Me viene a la memoria -no sé si en ese entonces, si antes, si después- el día que se partieron dos casas de mi barrio y los vecinos lo invitamos "amablemente" que se quedara al hoy gobernador, diciéndole que de ahí no se iba hasta que le solucinaran el problema a la familia damnificada. "Vos de acá no te vas" le dijo alguien, que según sea el interlocutor que se acuerde del episodio, se adjudicará el valeroso acto. Pero creo que fui yo, aunque siempre habrá un vecino dispuesto a contradecirme la versión, pero no el hecho. Se pasó 12 horas departiendo "amablemente" con los vecinos -hasta la mañana siguiente- cuando apareció la solución. No entiendo cómo no terminamos todos presos; fue lisa y llanamente privación ilegítima de la libertad. ¿Valdra esto como confesión? ¿Habra prescripto la condena?

Vuelvo mentalmente a la radio, en un segundo acto. "Y cuando digo que son unos hijos de puta, no estoy usando metafóricamente la palabra, sino literlmente; son unos reverendos hijos de puta", dije, enojado con unos sinvergüenzas que por entonces tenían chapa de vivos y estafaban a la gente de mi pueblo, Juana Koslay. Eran los administradores de San Luis Agua, los privatizadores del agua que después huyeron como ratas.

Y era lógico, al acólito de "la familia", ocasional conductor (por ser el más antiguo) cuando la radio se quedaba sin director, le di la excusa perfecta para darnos un boleo en el orto y "a jugar con tierra". Eso creyó él.


Con no más dinero que el necesario para poder comprar dos o tres pizas con agua de la canilla(en una estadía que sabíamos cuendo empezaba, pero no cuando y como terminaba), pasajes garreados como era costumbre, nos fuimos a Buenos Aires con Daniel Accinelli.

Hablamos con montones de gente, golpeamos una inmensidad de puertas. Caminamos como unos verdaderos hijos de puta. Pero lo conseguimos y volvimos no solo con el respaldo de la presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de Diputados y la titular de la de Libertad de Expresión, sino que vinieron ellas con nosotros a bancarnos la pelea contra el representante del feudo. Y aquí, en Puntania Land estuvieron, como dos mujeres hechas y derechas, con todo lo que hay que tener, Lucrecia Monteagudo y Patricia Walsh. Pero, como si eso fuera poco, también desembarcó el viejo maestro: Alfredo Bravo en persona vino a darnos el espaldarazo final. No éramos más que el duo Pardepe, pero hicimos tanto quilombo que parecía que habían levantado el programa más importante de la historia. A Nacional Buenos Aires llovieron adhesiones de las más inusitadas, la CTA, la Fatpren, el PC, el Partido Intransigente, el Barba Gutierrez, alguna fracción del PJ, no el puntano por supuesto...

Y, finalmente, en un hecho inedito hasta el momento, Los Unos y los Otros volvió al aire después de un mes de silencio.

Pero encontraron la manera: nos ahogaron económicamente, hasta que pedimos por favor que nos liberaran de la obligación de cubrir el espacio a nuestra costa. Además de trabajar, pagábamos. Siempre se encuentran formas de evitar lo desagradable. Y nosotros lo éramos.

Miro otros cassettes que tenían el mismo membrete. No los escucho. No tengo tiempo, ganas o qué se yo.

Y me acuerdo el tercer episodio. El dia que mientras hacía una entrevista me tildé y no supe, por algunos segundos (creo que fueron varios) ni siquiera con quién estaba hablando. Después me dijeron que esas eran "ausencias". Una vez más se repitió la situación, aunque de manera menos notoria y ahí decidí que ya no podría hacer mas radio. Y así fue, después de casi 20 años, que comenzaron en aquel lejano '83 en que hacíamos "Supervivencia" en las siestas del domingo cordobés, también por otra Radio Nacional.

Y ahí están como testigos esos kilómetros de cinta encarretada. Ellos saben que algún día fui, no sé si de los unos o de los otros, pero que fui.


Y aparece otro que dice "Siestas para contar y cantar". Tampoco lo escucho, pero se qué tiene. Hay una versión bastante rara de la zamba de Juan Panadero, en la que el Cuchi Leguizamón al piano cuenta: "Es cierto eso que dice la zamba... Un día al barbudo lo habían echado del trabajo y no quería que se enteraran en su casa y pasó por lo de don Riera..." cuenta y cuento yo de memoria. Y atrás suena el piano con la zambita juguetona. Eran las siestas de Universidad, más atrás o más acá en el tiempo, según se lo mire. Debe haber sido 95/96.

Un buen día, casualidad o no, después de hacer referencia a la participación de la Iglesia en la dictadura y particularmente la del obispo de San Luis de ese entonces, Juan Rodolfo Laise, me dijeron que necesitaban el espacio para hacer un programa en vivo que jamás salió. En su lugar pasaban música tecno. Y allí quedaron mis dos oyentes con las siestas que no dormían y las cosas que quedaron sin poder contar y cantar. Sin la buena música que pasaba. Porque el programa capaz que era malandra, pero la música, como siempre, de primera.

Una vez Marita Londra, una histórica de la radio, que hacía (y hace) El Escuchado, entró, escuchó la cortina y sentenció: "Este programa debe ser bueno, muy bueno si tiene la música del Cuchi como cortina". No sé si lo escuchó alguna vez o se quedó con esa buena impresión que además tuvo la fuerza de ser la primera.

Pero otros no pensaron lo mismo o no escucharon que tenía a la Zamba de Juan Panadero como cortina.


Me voy archivando con mi archivo, me parece. ¿Fue bueno todo lo que hoy, a la distancia, me parece que fue bueno?

De una cosa estoy seguro: el mejor programa de radio que hice, fue en la Libre, en mi Libre. Hija secuestrada, malograda, prostituida. Y no fue informativo, periodístico o serio de manera alguna. La Mosca Blanca, un cabaret radial. Fue un mes, un mes y medio o a lo mejor dos, pero todavía hay memoriosos que se acuerdan cuando ya han pasado más de vente años. "Un programa para noctámbulos o no tan boludos". Jamás hacer radio me resultó tan divertido. Con el Negro Parisí, hoy Doctor, titular de la cátedra de Psicología Política, conferencista en Europa y América Latina y otros etc., con una depresión que nos llevaba puta, dos latas de durazno para simular los exteriores, con público en el estudio, donde supuestamente había mujeres que bailaban, hicimos el programa más desopilante que recuerde la historia de San Luis en esos años. Una hoy funcionaria de Cristina (la he visto de casualidad en la tele) formaba nuestro imginario cuerpo de baile.

Después hubo otros zafados en el aire de Puntania, capaz mejores. Pero ese marcó una época. Y fue, lejos, mi mejor programa.

Pero no encuentro esos cinco o diez minutos que tenía archivados. Éramos tan pobres que no podíamos comprar cassettes y entonces vivíamos regrabando. De casualidad se salvó un fragmento que no encuentro. Pero no busco demasiado. Sé que está, pero no se si podría reconocerme en aquellas ocurrencias cuando tenía treinta años.

Hay, según veo mientras guardo, reliquias musicales que hace siglos que no escucho. Unas 300 horas de música grabada de los intérpretes más variados. Todos buenos, exquisitos. Al menos para mí.

Desde Path Metheny hasta la Mona Jiménez, para no olvidar mi profunda raíz cordobesa. Dejaba mi vida y lo que no tenía para comprar cassettes de cromo para que quedaran indelebles mis infracciones a la ley 11.723 local y a la futura ley SOPA.

¿Estoy archivando mis cosas o me estoy archivando? me pregunto. Hay que hacer de comer. Iremos al cine esta noche con mis hijos.

En el interin, mientras guardaba cosas en el armario que me regaló Nora hace algunos días, Male quizo hacerle chocolatada a su novio. Le di cacao que guardaba hace por lo menos una década.

Le aseguré que yo hace poco tomé tomé una taza y no me dio siquiera diarrea. Capaz que fue cierto. Tomar tomé, pero la segunda parte de la historia no se si es muy verificable, porque recuerdo habér tenido hace poco, un día plagado de retorcijones y largas sesiones de inodoro.

Es el precio que tendrá que pagar por el amor, si es que la quiere como dice. No tengo escopeta, pero guardo celosamente el tarro de Nesquik de fines de los noventa. Siempre habra una víctima propiciatoria. En definitiva, así son las cosas del amor.

No por casualidad, cuando una gitana te maldice, lo hace diciendo: "Ojalá te enamores" y en voz baja, cuando se va (cosa que muchos no escuchan) susurra "y que te quedes solo".

Ahora, ya lunes, después del acomodo del domingo, del regreso de mi hijo a Córdoba, de la partida de mi hija a casa de su madre, casi a medianoche, mientras escribo esto, se acerca el Pipi, mi perro con nombre de pájaro y me reclama comida. Le doy el balanceado que él detesta. Lo come a regañadientes. Mientras tanto busco en la heladera y no hay nada. Tomo el último trozo de pan que me queda, curioseo en un armario. De casualidad hay latas de picadillo y de paté. Abro una, la compartimos con el Pipi y me quedo pensando qué hubiera pasado si no tuviese el oido tan fino y no hubiese escuchado lo segundo que dijo la gitana.

Pero ya es tarde y las cosas nunca vuelven hacia atrás. El Pipi y yo lo sabemos bien.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Cuarto de siglo

Pagando deudas,
medio mías, medio ajenas.
Salando heridas...
23 de setiembre.
Cuarto de siglo...
Y yo tan Navegante Solitario como siempre.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Equlibrio




¿Cómo mantener el equilibrio ante el desbocado galope que siento dentro? ¿Cómo disimular lo indisimulable? Pero se hace imprescindible el equilibrio, para no interpretar equivocadamente las señales.

Dice la Teoría del Caos que el leve temblor que provoca en el aire el vuelo de una mariposa puede repercutir de manera inimaginable en el otro lado del planeta a raíz del delicado equilibrio que nos rodea.

¿Repercutirá de igual manera esa porfiada multitud de mariposas que se ha instalado justo aquí, a la altura del estómago? ¿Habrá, también, otras mariposas espejando el movimiento allá, tan pero, pero tan lejos y a la vez tan pero tan cerca, a través de este mundo que se une gracias a los unos y a los ceros?

Es cierto, la escritura alivia pero también estremece y rompe el equilibrio y da paso a un caos nuevo. Deseado. Temido pero deseado. Que rompe el status quo. Y genera tormentas de sensaciones que había ordenado se durmieran para siempre.

Lo he leído unas cien veces durante el día, para no equivocar ni forzar ninguna interpretación. Como adolescente desperté a las tres y media de la mañana. Y volví a leerlo y así casi todo el día. Y ahí está el texto, todavía con mil incógnitas y sigo aquí salvándote al estilo Juarroz, pensándote y pensándote, con un imenso deseo de tomar el mismo vuelo que me llevó al país del norte, pero esta vez, imaginando una ciudad distinta, plena, llena de vos.

Pero debo mantener el equilibrio

¿Debo mantener el equilibrio?

¿Estarás ahora salvándome?

sábado, 10 de septiembre de 2011

Oficios


"Dos oficios y un color", me pidieron que dijera. Juego de niños camino a ser adolescentes.

-Carpintero, panadero y rojo... arriesgué y allí comenzó, al menos formalmente, mi extenso recorrido por los oficios, algunos terrestres y otros no tanto.

No sé que fue antes, pero del rojo viene uno de los primeros oficios que aprendí y aún hoy practico con fruición.

Diez o doce tenía -creo- cuando intentaba atraparlo con la Kodak Fiesta de rollo blanco y negro. Y seguí y lo atrapé miles, miles de veces, aún en escala de grises. Con todos sus matices y combinaciones. Virando hacia el naranja, arrimándose al amarillo, contrastado con el negro. En las tardes que el sol incendia el horizonte, en los ojos irritados por el llanto.

Del rojo y el fuego también aprendí
el oficio de describir, con palabras, lo que no siempre está latente a simple vista.

Del carpintero, siempre me gusta animarme a construir mis muebles, mis puertas, mis ventanas, pero no siempre el serrucho, la gubia, la escofina, entienden el propósito de mi proyecto.

Igual suele sucederme con la harina, que suele confundir su tiempo de levado y me da panes chatos u otros que paracen globos inflados. Aún así, ejerzo, de tanto en tanto, este oficio difícil de hacer panes que se despedazan en rodajas de luna sobre mi mesa, "ante los ojos alborozados de los míos" como dice el poeta. Cuartos crecientes, lunas llenas o a veces insignificantes uñas que quedan cuando están menguando, pero pan al fin.

Según dice mi madre, el más viejo de mis oficios, además del de llorar -que aún conservo- fue el de cantar. 'Angélica cuando te momo', decía a los dos años, a media lengua, acompañando a Los Chalchaleros.

Ya casi a los tres -faltában días para mi cumpleaños- adquirí, mi viejo mediante y la ayuda de un amigo, el oficio de navegar en soledad. Barco Triciclo - Triciclo Barco y el traje cosido por mi madre, que me hicieron ganador inapelable del concurso de disfraces de los corsos de mi pueblo: El Navegante Solitario, homenajeando a Vito Dumas o a Evita o ambas cosas, no sé bien.



Jugando un día con mis hijos descubrí un día el menos terrestre de mis oficios; el de curar heridas. Sin creer en lo que decía, heredero de mi abuelo Nicolás del poder de borrar verrugas y testes, se les fueron cuando eran ellos -mis hijos- apenas un chichón del suelo. La fórmula era fácil: tocar el lugar y pedir "Pasame tu dolor y yo lo sublimo". Y así un día alguien vino y me pidió: "Abrazame, que te necesito, tengo cáncer". Reticente al principio, me embarqué después en aquella tumultuosa cura donde teminó confundiéndose amor, deseo y traición. Aquí estoy yo, tras unos años, con ese dolor que tanto cuesta sublimar, depués que dijo que la enfermedad se había ido y que ella también se iba.

También conocí el oficio de Dios con sus preguntas y me animé a tener diálogos con el diablo.

El de lector lo aprendí a las cachetadas, sin instrucción previa, sin orden ni guía establecida. A puro instinto en la biblioteca municipal. Un libro en la semana de promedio. Las Tumbas, de Enrique Medina, casi el primero que leí y aprendí que mi adolescencia no era la única posible. Que más allá de los confines de mi casa, donde estaba abrigado y contenido, había otras vidas lúgubres, sufridas, sufrientes, ansiosas de un rumbro diferente. No sé cuantos kilómetros llevo leído, pero son varios, aunque ya me cuesta un poco salir de cierta literatura, que vuelvo a releer.

De puro lector, me empeciné en otro oficio que me lleva años y seguro me insumirá otros tantos para -espero- lograr el resultado soñado, igual al de Florentino Ariza. ¿Persona? ¿Personaje? ¿Cuanto de él llevo encima? ¿En cuanto se inspiró Gabriel conmigo -aún sin conocerme- en esa historia? "Valiente y autocrítico. Tímido y arriesgado. Seguro y trastabillante. No se banca frases comunes pero las pide. Vive los imposibles como certezas. Encuentra caminos aún en medio de la selva. Es imprudente pero se libera. No encuentra la salida pero tiene esperanzas. Se desarma pero con intensidad. Le gusta la gente tanto como estar solo. Critica, se critica. Entrega y se guarda. Y se alimenta de utopías" me respondiste sin responderme, con sutileza, una vez a una pregunta que tramposamente no te hice. Y sigo esperando para ese crucero en algún mar, aún cuando apuestes todo al 516.