lunes, 19 de agosto de 2019
La noche que soñé que estaba muerto
En rigor de verdad, no sé si fue una noche o una mañana. Nunca se sabe un sábado, menos un 17 de agosto, tan cargado de significados para mi. Hace 30 años, por primera vez en la vida, me rasuraba la cabeza y comenzaba esos ciclos particulares de "Eldo Lape" que me llevaron a lugares a veces impensados.
Pero vamos a lo que nos concierne, para eso están los títulos y este dice que ya estuve muerto, al menos en sueños. "Te alargaste la vida", opinó mi hermana más chica cuando le conté. Pero no, uno le alarga la vida cuando sueña que otro está muerto. "El que sueña que se muere, se muere", dijo alguien, que no nombraré por mala onda. Tampoco. No soñé que me moría -para su infortunio alguna vez me pasó y acá estoy, vivito y coleando- Soñé que estaba en pleno ejercicio de la muerte, que es bien distinto.
Trataré de recordar hasta el mínimo detalle, porque creo que duró muy poco. Después, me parece, que aparecí atravesando otras adversidades.
Si tuviera que temporalizarla, diría que es presente continuo, sin pasados ni futuros. Intentaba recordar, pero no había nada que pudiese traer a la memoria. Quería saber si me había dolido el morirme, pero nada, ninguna imagen, sensación o atisbo de cómo había ocurrido. Nada que ver con aquel "río del eterno retorno" que imaginé en otro sueño
La muerte es como una vida boba: Estar por estar, no más.
Si tenía cuerpo, no tengo la certeza, aunque en algún momento me pareció verme los zapatos y una escoba, probablemente en mis manos. A lo mejor se trataba del purgatorio, porque bien se sabe la fobia que le tengo a los zapatos y a barrer.
Yo, que tengo en el haber de mi familia dos muertos que resucitaron o al menos eso creen, debo decir que no vi como ellos un túnel y una luz -en el caso de mi tío, que retraté en el "De cómo una noche hice tratos con el diablo"- ni los deudos anteriores que salían a recibirme; ni tampoco flotar sobre mi propio cuerpo, como el caso de la segunda de mis hermanas, cuando apenas tenia 23 y casi se la lleva una hemorragia, pariendo a su hija.
Nada, mi muerte era absolutamente estúpida: Ser y estar en un 'no lugar' sin tiempo y sin espacio, sin recuerdos ni expectativas. Capaz que como la vida misma.
Aburrida, eternamente aburrida; despiadadamente aburrida, diría con palabras de vivo. Pero no había nada de eso en mi sueño, son especulaciones posteriores. La inmanencia misma, cerrada sobre si, pero sin cuerpo.
No dolor, no placer, no pasado, no futuro (el futuro era el presente mismo), no angustia, no alegría. Solo una cosa que aún me llama la atención, la curiosidad -capaz que es un defecto profesional-: Saber cómo había sido. Nada mas.
Lamento decepcionar a quienes lean este relato, pero así fue, ni más ni menos; pero fue una experiencia al menos novedosa, singular. Después me enredé en otros sueños/pesadillas, de amores y esas cosas que le suceden a la gente que no sueña que está muerto.
Pero, por las dudas que el mala onda tenga razón, les cuento cómo fue, no sé si otro se animará o podrá contar esta experiencia
Agosto 19/19
jueves, 23 de abril de 2015
Odio a Galeano
Leiste bien, no es oda a Galeano, es odio a Galeano.
Primero creí que lo quería, pero no. Después pensé que lo envidiaba -envidia sana, supuse al principio- Pero no, no hay envidia sana.
Ahora que no está, me di cuenta que lo odiaba.
Por haberme robado las cosas que pensé, aún cuando yo no las había pensado. Porque cuando se me viene algo a la mente que me parece ocurrente, al poquito tiempo (sigo teniendo la mala costumbre de leerlo, a mi pesar) me doy cuenta que él lo había pensado y encima, de una manera más linda, más sutil, exageradamente poética, por decirlo de algún modo.
Por eso también lo odio, por no decir las cosas de forma convencional, sino por valerse de muchas artimañas para enredar las palabras y hacer que no suenen altisonantes, sino más bien sencillas. Pero nada hay de sencillo en ellas.
Y también por hablar de esa manera sugerente -tan parecida a sus textos- que hace que lo ordinario se parezca a lo bello. No tiene derecho (o no lo tenía). No se puede andar filosofando todo el día y respondiendo como si la vida estuviera hecha solo de pensamientos profundos. ¡Hasta para putear, lo hacía sin hacerlo!
Porque escudándose en un recorte de diario le dijo "traidor" al Che y no solo salió vivo para contarlo, sino que el comandante lo miró y estalló en carcajadas.
Porque fue "el mejor de todos" jugando a la pelota, en sueños, aunque fuera un patadura. Si no hubiese sido yo el dueño del 'fulbo', ni siquiera hubiese jugado.
Porque en ese mar de fueguitos que dice que le dijeron que somos, nos reduce (a lo mejor sin quererlo o tal vez a propósito) a fuegos bobos, incapaces de tanta belleza. Porque a él le contaron cosas que a mí no.
Porque nos transforma en Salieris de Salieri, copiones de copiones, incapaces de imitar siquiera, a Mózart o a Charly o a él mismo.
Yo creí que lo admiraba cuando me devolví, hace unos treinta años, aquella frase que escribió y la asenté en la renuncia que le presenté a un tipo que nunca lo leyó ni lo leerá y se le derramó una lágrima frente a mis compañeros: "Perdí muchas cosas en la vida, por el apuro o por la mala suerte, pero con tantas personas perdidas, llorar por las cosas sería como faltarle el respeto al dolor" y así me fui, feliz, de aquel trabajo... Pero en realidad no era así, no lo admiraba.
Si, leíste bien, lo odio, aunque tenga la necesidad abrumadora de volver a leerlo cada tanto, para darme cuenta que me robó mis pensamientos, aún antes de que pasaran por mi mente.
Gustavo
jueves, 15 de agosto de 2013
Entre el martes 13 y el gato negro
La cobertura periodística de algunos hechos genera adrenalina. Estar solos con mi amigo Jorge Castro, entre las tres y las cinco de la mañana en la Jefatura de Policía tomada por "encapuchados" como dice el gobierno, fue una experiencia por lo menos singular. El martes 13, a las 22, los polis rebeldes hicieron la primera intentona y no les dio el cuero. Ahí estábamos con mi amigo Carlos Capella y otros colegas cuando empezaron a inventar excusas y decir que les hicieron "una encerrona".
Ya en la madrugada, cuando vinieron más, se animaron y entraron. Hacía unos minutos que nos habíamos ido para armar el material conseguido y publicarlo.
Ahí se quedó mi amigo Castro. Canas adelante, canas atrás: lo apuraron feo y a las 3 de la madrugada me sacó de la cama pidiéndome que fuera. Hacía una hora que me había acostado.
Y así, ya desde la madrugada del 14 le pegamos hasta el mediodía. Escribiendo, relatando, contando lo que vimos casi en exclusiva temprano, con la jefatura plagada de colegas, el resto del día.
A las dos de la tarde, el renunciado jefe de policía salía de su oficina. Dijeron que lo habían encerrado, no lo creo. Anduvieron preguntando por la llave de la puerta principal de su despacho pero después salió por otro pasillo cuando se hizo presente la Fiscal.
Entre declaraciones e "inspecciones oculares" se hicieron las tres y media cuando nos dimos cuenta, con Carlos, que el hambre arreciaba. Parecen macanas, pero el laburo te oculta las ganas de comer. Yo no había desayunado y él me llevaba un café de ventaja.
Compramos una tarta y nos dispusimos a comerla sentados en el auto con una cocucha efervescente.
En eso estábamos mientras escuchamos el aullido de un gato: "Falta que nos venga a pedir comida" le dije o me dijo. No sé, con el cansancio los tiempos y los dichos se alteran.
El gato negro se bajo de la rama, se acercó y se paró sobre la puerta maullando hambriento mientras se estiraba con pachorra.
Efectivamente, pedía comida. Así que de cada porción él ligó un poco y chocho el tipo (o la tipa, no sabemos) no nos dedicó un día de mala suerte como su color indica. Ya termina la jornada y para nosotros ha sido buena, además de adrenalínica.
Se trata, sin dudas, de un gato agradecido. No como los otros -los cobanis- que nos miraron desconfiados todo el día.
14 de agosto de 2013
miércoles, 26 de septiembre de 2012
El Río del Eterno retorno
Mi amigo Frank me contó que el río al que íbamos tiene un secreto. Allí debimos haber estado hoy con mis hijos, en los sueños de mi siesta. Uno, de a poquito, sin darse cuenta, se va rejuveneciendo con esa agüita marroncita.
Estaba Malena subida a un botecito, mientras Emiliano jubaba en mis hombros y yo, arrodillado en el agua, vigilaba sus risas. Y de repente, el globo que inflaba mi chiquita, explotó y ella cayó al agua del susto... Y mientras caminaba hacia mí, se iba haciendo más y más chiquita.
En el cielo rojizo se desplomaba la tarde y tras la sierra, apresurada, aparecía la luna. Dice Frank que hay que ser cauteloso, porque a más de un abusivo lo pescó la noche y se perdió en un orgasmo. ¡Tampoco es cuestión de andar desnaciendo a cada rato! me advirtió.
*Sueño siestero de esta primavera recién nacida.
*Es una recreación en el sueño de aquella idea de Quino, titulada "La vida debería ser al revés" donde uno primero muere y se va haciendo más y más jóven, disfrutando. Luego se va de la vida en un orgasmo (el de sus padres, naciéndolo)...
*Frank Joe Salamone es mi único amigo yankee, que hace años (unos treinta) que no veo. Debe andar cumpliendo con su Dios e incumpliéndo con él. Dónde estés,un abrazo.
*Gracias Corel Photopaint porque me permitís poner las cosas y las personas donde quiero, como en esta oportunidad. Ni mis hijos estaban en el´río, ni las fotos son contemporáneas.
Estaba Malena subida a un botecito, mientras Emiliano jubaba en mis hombros y yo, arrodillado en el agua, vigilaba sus risas. Y de repente, el globo que inflaba mi chiquita, explotó y ella cayó al agua del susto... Y mientras caminaba hacia mí, se iba haciendo más y más chiquita.
En el cielo rojizo se desplomaba la tarde y tras la sierra, apresurada, aparecía la luna. Dice Frank que hay que ser cauteloso, porque a más de un abusivo lo pescó la noche y se perdió en un orgasmo. ¡Tampoco es cuestión de andar desnaciendo a cada rato! me advirtió.
*Sueño siestero de esta primavera recién nacida.
*Es una recreación en el sueño de aquella idea de Quino, titulada "La vida debería ser al revés" donde uno primero muere y se va haciendo más y más jóven, disfrutando. Luego se va de la vida en un orgasmo (el de sus padres, naciéndolo)...
*Frank Joe Salamone es mi único amigo yankee, que hace años (unos treinta) que no veo. Debe andar cumpliendo con su Dios e incumpliéndo con él. Dónde estés,un abrazo.
*Gracias Corel Photopaint porque me permitís poner las cosas y las personas donde quiero, como en esta oportunidad. Ni mis hijos estaban en el´río, ni las fotos son contemporáneas.
lunes, 10 de septiembre de 2012
Polenta
A veces, cuando me gana la desesperanza, cuando no tengo ganas de nada o se me ocurre que hay pocas cosas que tienen sentido, pienso en mi vieja.
Hacía como cinco años que no podía caminar: las rodillas vencidas, los tobillos a la miseria, los brazos sin fuerza, los músculos atrofiados por una puta enfermedad que le arruinó el cuerpo...
Nunca se quedó quieta con su silla de ruedas. Prendió la cocina, lavó los platos, cocinó, cebó mate. Siempre se las arregló como pudo, con un palito, empujándose con un pie, con lo que fuera o como fuera.
Nos hace enojar porque nunca pide que le alcancen nada y si uno pregunta por algo, inmediatamente, sale ella a buscarlo.
Y desde hace unos meses, que encontró a alguien que le hace unos masajes revitalizadores, se puso las pilas para volver a caminar. Tiene 85 y no se rinde. No sé de dónde saca tanta "polenta".
Se enoja, porque no puede -como quisiera- hacerlo sin el andador para salir a hacer las compras sin pedir ayuda.
A veces, muchas, la envidio y la admiro por tanta fuerza.
Hacía como cinco años que no podía caminar: las rodillas vencidas, los tobillos a la miseria, los brazos sin fuerza, los músculos atrofiados por una puta enfermedad que le arruinó el cuerpo...
Nunca se quedó quieta con su silla de ruedas. Prendió la cocina, lavó los platos, cocinó, cebó mate. Siempre se las arregló como pudo, con un palito, empujándose con un pie, con lo que fuera o como fuera.
Nos hace enojar porque nunca pide que le alcancen nada y si uno pregunta por algo, inmediatamente, sale ella a buscarlo.
Y desde hace unos meses, que encontró a alguien que le hace unos masajes revitalizadores, se puso las pilas para volver a caminar. Tiene 85 y no se rinde. No sé de dónde saca tanta "polenta".
Se enoja, porque no puede -como quisiera- hacerlo sin el andador para salir a hacer las compras sin pedir ayuda.
A veces, muchas, la envidio y la admiro por tanta fuerza.
viernes, 24 de agosto de 2012
Esa extraña costumbre de comprar cosas raras y viejas
Mi viejo tenía esas cosas... No era demasiado hábil para los negocios. Tenía sí, una particular manera de darse maña para todo y arreglaba/inventaba/componía la mayoría de las cosas con las que la vida lo enfrentaba. Habilidad manual, que le dicen. Habilidad que, como el color de los ojos, se saltea una generación y fue a dar en mi hijo, aunque no el celeste profundo de su mirada, que se lo quedó Marta, mi hermana mayor, desafiando las leyes de la genética.
Entre esas tantas cosas que tenía, había una muy particular -no sé si él lo sabía o pudo darse cuenta-: Comprador de cachivaches, lo que fuera. Le fascinaba ir a los remates. De allí podía venir con cualquier cosa. A esa manía la heredó Gabriel, mi sobrino, que no en vano lleva Eduardo como su segundo nombre.
No sé porqué, pero anoche tuve un asalto de nostalgia y me puse a recordar los autos y camiones que hubieron en casa. La verdad, a algunos me costó una enormidad encontrarlos en la web. Hay dos que dudo en si son o no los mismos. En Internet hay miles de millones de imágenes de autos, pero uno en particular, mi primer auto, no logro dar con él. Sí con uno que es muy parecido, pero si la memoria larga no me falla, no se trata de mi pequeño biplaza, que yo creía era un De Carlo, pero don De Carlo no tiene ningún modelo que se le parezca.
Acá está el que se le parece, este es un Dinarg, construído en Córdoba, un modelo totalmente argentino. Yo tenía 11 años... A los 8 ya había comenzado a subirme a los camiones y a manejar de costeleta (tomando solo el volante). La verdad es que aunque parecido, no era igual. En principio, el mío, no tenía capota ni puertas. Era un Cabrio! Pero capaz se la habían cortado. El interior es idéntico a uno de los que todavía se conservan.
No entendimos el mensaje de mi viejo: Hay un ¿¿como nombrarlo?? que pide más de cien lucas por una carcacha de esas que se ve como recién salida de fábrica. Pero no deja de ser una carcacha. Sucede que solo se fabricaron 135 autos de ese tipo y pasó a ser de colección. Tenía motor de moto, de 200 cc y cuando calentaba comenzaba a hacer autoignición; traducido, por más que uno le cortara la corriente, seguía andando igual. Lo único que sofocaba su deseo de marchar era la llave de la nafta. No había otro modo. Motor trasero, enfriado a aire, que se encaprichara y no se detuviera, era normal. Colorado. Se fue en parte de pago de mi segundo auto.
"La Intitec", como le decía mi viejo casi en tono de broma, se llamaba en realidad Institec o Justicialista. También salieron de una fábrica de Córdoba: El Insituto Tecnológico Industrial. Con un poderoso motor de dos cilindros, dentro de un capot como el de una nave espacial, arribaba a duras penas a los 40 o 50 km por hora y funcionaba a mezcla, como las motos de dos tiempos. En ese vano entraba perfectamente un V8 y allí, perdidito, estaba ese motorcito pedorro.
Miren la foto y verán que no exagero. Como venía medio medio de pintura, con una pistola de pintar comprada ad hoc, le dimos una mano de verde inglés a la carrocería y marrón dulce de leche a la caja de madera. Cambios al volante, tercera... Y un andar pedorro inolvidable.
En el patio, mientras tanto, descansaban de hacía tiempo, en larga hilera de cacharros que encabezaba una máquina esquiladora de ocho brazos -que también diseñó mi padre y armaron en un taller que estaba al sur del pueblo- que funcionaba a algo así como glicol (a ese combustible, seguro no lo tenían y yo dudo, después de leer sus propiedades, pero me acuerdo siempre que lo nombraba) y estaba refrigerado por un depósito de agua sobre el mismo motor. Poleas y volantes daban vida a las tijeras de esquilar ovejas. La veo, si alguien me ayudase, podría repetir la figura, porque no hay registro de tamaña máquina que circulaba como una especie de acoplado de cuatro ruedas y apariencia extraña.
Más atrás, estaba el Mánchester, color verde con un chasis de madera bastante maltrecho. Era modelo 1927. Casi igual que el de la foto, pero en lugar de ser de madera la cabina, era de chapa. No tenía bocina, así que en las esquinas, había que golpear las puertas para avisar que allí venía.
Tampoco tenía arranque y solo respondía a la vuelta de manija. El Mánchester tenía, para mí, varias anécdotas. Y es probable que se hubiese parecido -un poco menos destartalado- al de la foto de abajo.
Creo que convivieron poco tiempo con el Reo, un camión de apariencia militar, pienso que de la Segunda Guerra, según los datos que junté. Los que encontré son de tres ejes, pero si la memoria no me falla, el nuestro tenía solo dos. La cosa es que una vez compraron -junto a mis tíos- un Ford 7000 para llevar colchones y como este tenía un volcador, fue a dar encima del viejo Reo, que no recuerdo nunca haberlo visto marchar.
El volcador, hechos los arreglos del caso, terminó siendo una pileta en que la nos bañábamos los veranos. No debieron haber sido muchos ni los veranos ni los baños. Allí, con una vecinita, me parece haber jugado alguna vez al doctor o algo así. Tengo un lejano recuerdo en la punta de mis dedos. ¿Diez, once, doce años?
El terreno de la casa de la calle España tenía 15 metros de frente por 25 de profundidad. Y en ese cuarto de cuadra se iban alineando las poderosas máquinas.
Recuerdo, cerrando la fila, a la Justicialista.
Después o simultáneamente, no recuerdo, pero me inclino más por lo último, hubo en casa el que fue la camioneta "oficial". Una Siam Argenta modelo 1961, que vino con algún color que ya no recuerdo, pero después de enchastrarla con masilla, convertimos en una fulgurante chatita blanca. X 253 446
Tendría 12 ó 13, más o menos. En ella fuimos por primera vez de vacaciones. El destino: Alpa Corral.
El de pelo largo y malla a cuadros era yo. A los 13, más alto que mi viejo, que luce su infaltable camiseta... Al lado, Clyde, la menor de mis hermanas. Era bonita la mocosa, pero bue... los chicos crecen.
Después también hubo otros viajes. Cuando se casó mi hermana Cristina, en Buenos Aires, casi nos matamos en la ruta 8, cerca de Todd (el pueblo casi no existe, pero el cagazo fue tan grande que no lo olvido más). Un F100 nos pasó a mucha velocidad, llovía y mordió la banquina izquierda. Nos cubrió de barro y se cruzó enfrente. Quedamos a ciegas y por suerte nadie venía por la mano contraria. La Ford terminó haciendo trompos en la banquina derecha y fue a dar contra el alambrado.
Nadie se hizo nada. Solo un susto, pero de los grandes. Esa fue la camioneta oficial por algún tiempo.
Después seguí avanzando con mis móviles. Todavía no sé porque mi viejo me cambiaba los autitos que tenía. Debía ser porque ninguno servía para mucho. Pero no recuerdo haberle pedido jamás que los comprara. El siguiente fue un Renault Dauphine preparado para correr, que se lo vendieron unos mecánicos que vivían a la vuelta de mi casa. Un perno. Tenía el motor fundido y a duras penas levantaba 60 kilómetros por hora. Levantaba más temperatura que velocidad.
Pero había que verlo, porque tenía todo de primera. Le habían sacado el tablero completo y en su lugar había velocímetro, cuentavueltas, vacuómetro, amperímetro y otros relojes que ni recuerdo para que eran. Tenía una jaula antivuelco y el detalle preciado lo daba la palanca de los cambios que tenía una agarradera que se adaptaba a la mano. Como cuando uno aprieta un bollo de masilla o plastilina y quedan las marcas de los dedos registradas. Una masa el celeste intenso.
No sé cuando duró, pero no fue demasiado. Después, el último auto fue algo digno. Una rural Fiat 1500, que originalmente fue verde agua, pero después -no sé porque la manía de cambiarles de color- terminó siendo azul noche, un color que traía el Torino, auto que amaba y nunca pude tener uno. No es la de la foto, pero era casi idéntica sin la parrilla sobre el techo. X 052 141
Pero como si las complicaciones de la vida no le alcanzaran -capaz que lo que no le alcanzaba era la plata- tenía en sociedad otro camión con 'el tío Juan', que no era tío, sino su socio. Un Bedfor modelo 61, mas o menos, que compró en la Ticar Motor. Ese si hacía viajes largos, aunque había que llevar un lápiz para dibujarse de nuevo el traste. La velocidad crucero era 50/60 y sabía humear de lo lindo cuando le cargaban 22 toneladas de maíz que iban al puerto de Buenos Aires. Arena de Paso del Durazno, afrechillo para San Juan, maíz para Buenos Aires... La ruta 7 tiene piedra molida que le aportó el coloradito, traida de las sierras de Córdoba.
Un descanso del viejo con El Tío Juan mientras cargaban la piedra
Hay cosas que saltan una generación. A mi viejo le gustaba laburar, inventar cosas, desarmar, arreglar, renegar, en definitiva. A mi me pasaron de largo, creo...
Tenía algunos dichos famosos, como: "porqué se lo van a llevar, si no es de ellos", cuando mi vieja le reclamaba que no dejara las herramientas en la calle. Y un día, los que no conocían sus dichos, le llevaron una caja completa que jamás pudo recuperar. Pero no perdió la confianza en la gente. "¡Pájarito! dijo Giustosi", decía cuando se admiraba por algo, remedando a su amigo Giustosi, que decía ¡Pájarito! cuando se sorprendía. Nunca lo conocía Giustosi para oirle decir ¡Pájarito!...
Pero no le gustaba tener casa propia. Era una decisión y la refrendaba con su firma. Y nos daba clases de porqué no era conveniente. A pesar de que nunca nos fuimos de la casa donde nací, vivíamos siempre con la sozobra de los cambios permanentes en las leyes de alquiler. Finalmente, unos pocos años antes de su muerte, el ingreso de unos pesos extra y la decisión soberana de familia, permitió que por fin la casa propia fuese una realidad que todavía hoy mi madre, mercidamente, disfruta, apenas a la vuelta de la de la calle España. Y yo, por el contrario, acaparé la manía del ladrillo...
¡Tan iguales por los parecidos como por los opuestos!
Nos siguió hasta donde fuimos y se murió en un lugar que no era el suyo. Veinte años después, con mi hermana, lo volvimos a su terruño y de tanto en tanto, le doy una vuelta en el lugar en el que descansa para siempre y me acuerdo de sus cosas, que también son las mías, allá lejos y hace tiempo.
24 de agosto de 2012
Entre esas tantas cosas que tenía, había una muy particular -no sé si él lo sabía o pudo darse cuenta-: Comprador de cachivaches, lo que fuera. Le fascinaba ir a los remates. De allí podía venir con cualquier cosa. A esa manía la heredó Gabriel, mi sobrino, que no en vano lleva Eduardo como su segundo nombre.
No sé porqué, pero anoche tuve un asalto de nostalgia y me puse a recordar los autos y camiones que hubieron en casa. La verdad, a algunos me costó una enormidad encontrarlos en la web. Hay dos que dudo en si son o no los mismos. En Internet hay miles de millones de imágenes de autos, pero uno en particular, mi primer auto, no logro dar con él. Sí con uno que es muy parecido, pero si la memoria larga no me falla, no se trata de mi pequeño biplaza, que yo creía era un De Carlo, pero don De Carlo no tiene ningún modelo que se le parezca.
Acá está el que se le parece, este es un Dinarg, construído en Córdoba, un modelo totalmente argentino. Yo tenía 11 años... A los 8 ya había comenzado a subirme a los camiones y a manejar de costeleta (tomando solo el volante). La verdad es que aunque parecido, no era igual. En principio, el mío, no tenía capota ni puertas. Era un Cabrio! Pero capaz se la habían cortado. El interior es idéntico a uno de los que todavía se conservan.
No entendimos el mensaje de mi viejo: Hay un ¿¿como nombrarlo?? que pide más de cien lucas por una carcacha de esas que se ve como recién salida de fábrica. Pero no deja de ser una carcacha. Sucede que solo se fabricaron 135 autos de ese tipo y pasó a ser de colección. Tenía motor de moto, de 200 cc y cuando calentaba comenzaba a hacer autoignición; traducido, por más que uno le cortara la corriente, seguía andando igual. Lo único que sofocaba su deseo de marchar era la llave de la nafta. No había otro modo. Motor trasero, enfriado a aire, que se encaprichara y no se detuviera, era normal. Colorado. Se fue en parte de pago de mi segundo auto.
"La Intitec", como le decía mi viejo casi en tono de broma, se llamaba en realidad Institec o Justicialista. También salieron de una fábrica de Córdoba: El Insituto Tecnológico Industrial. Con un poderoso motor de dos cilindros, dentro de un capot como el de una nave espacial, arribaba a duras penas a los 40 o 50 km por hora y funcionaba a mezcla, como las motos de dos tiempos. En ese vano entraba perfectamente un V8 y allí, perdidito, estaba ese motorcito pedorro.
Miren la foto y verán que no exagero. Como venía medio medio de pintura, con una pistola de pintar comprada ad hoc, le dimos una mano de verde inglés a la carrocería y marrón dulce de leche a la caja de madera. Cambios al volante, tercera... Y un andar pedorro inolvidable.
En el patio, mientras tanto, descansaban de hacía tiempo, en larga hilera de cacharros que encabezaba una máquina esquiladora de ocho brazos -que también diseñó mi padre y armaron en un taller que estaba al sur del pueblo- que funcionaba a algo así como glicol (a ese combustible, seguro no lo tenían y yo dudo, después de leer sus propiedades, pero me acuerdo siempre que lo nombraba) y estaba refrigerado por un depósito de agua sobre el mismo motor. Poleas y volantes daban vida a las tijeras de esquilar ovejas. La veo, si alguien me ayudase, podría repetir la figura, porque no hay registro de tamaña máquina que circulaba como una especie de acoplado de cuatro ruedas y apariencia extraña.
Más atrás, estaba el Mánchester, color verde con un chasis de madera bastante maltrecho. Era modelo 1927. Casi igual que el de la foto, pero en lugar de ser de madera la cabina, era de chapa. No tenía bocina, así que en las esquinas, había que golpear las puertas para avisar que allí venía.
Tampoco tenía arranque y solo respondía a la vuelta de manija. El Mánchester tenía, para mí, varias anécdotas. Y es probable que se hubiese parecido -un poco menos destartalado- al de la foto de abajo.
Creo que convivieron poco tiempo con el Reo, un camión de apariencia militar, pienso que de la Segunda Guerra, según los datos que junté. Los que encontré son de tres ejes, pero si la memoria no me falla, el nuestro tenía solo dos. La cosa es que una vez compraron -junto a mis tíos- un Ford 7000 para llevar colchones y como este tenía un volcador, fue a dar encima del viejo Reo, que no recuerdo nunca haberlo visto marchar.
El volcador, hechos los arreglos del caso, terminó siendo una pileta en que la nos bañábamos los veranos. No debieron haber sido muchos ni los veranos ni los baños. Allí, con una vecinita, me parece haber jugado alguna vez al doctor o algo así. Tengo un lejano recuerdo en la punta de mis dedos. ¿Diez, once, doce años?
El terreno de la casa de la calle España tenía 15 metros de frente por 25 de profundidad. Y en ese cuarto de cuadra se iban alineando las poderosas máquinas.
Recuerdo, cerrando la fila, a la Justicialista.
Después o simultáneamente, no recuerdo, pero me inclino más por lo último, hubo en casa el que fue la camioneta "oficial". Una Siam Argenta modelo 1961, que vino con algún color que ya no recuerdo, pero después de enchastrarla con masilla, convertimos en una fulgurante chatita blanca. X 253 446
Tendría 12 ó 13, más o menos. En ella fuimos por primera vez de vacaciones. El destino: Alpa Corral.
El de pelo largo y malla a cuadros era yo. A los 13, más alto que mi viejo, que luce su infaltable camiseta... Al lado, Clyde, la menor de mis hermanas. Era bonita la mocosa, pero bue... los chicos crecen.
Después también hubo otros viajes. Cuando se casó mi hermana Cristina, en Buenos Aires, casi nos matamos en la ruta 8, cerca de Todd (el pueblo casi no existe, pero el cagazo fue tan grande que no lo olvido más). Un F100 nos pasó a mucha velocidad, llovía y mordió la banquina izquierda. Nos cubrió de barro y se cruzó enfrente. Quedamos a ciegas y por suerte nadie venía por la mano contraria. La Ford terminó haciendo trompos en la banquina derecha y fue a dar contra el alambrado.
Nadie se hizo nada. Solo un susto, pero de los grandes. Esa fue la camioneta oficial por algún tiempo.
Después seguí avanzando con mis móviles. Todavía no sé porque mi viejo me cambiaba los autitos que tenía. Debía ser porque ninguno servía para mucho. Pero no recuerdo haberle pedido jamás que los comprara. El siguiente fue un Renault Dauphine preparado para correr, que se lo vendieron unos mecánicos que vivían a la vuelta de mi casa. Un perno. Tenía el motor fundido y a duras penas levantaba 60 kilómetros por hora. Levantaba más temperatura que velocidad.
Pero había que verlo, porque tenía todo de primera. Le habían sacado el tablero completo y en su lugar había velocímetro, cuentavueltas, vacuómetro, amperímetro y otros relojes que ni recuerdo para que eran. Tenía una jaula antivuelco y el detalle preciado lo daba la palanca de los cambios que tenía una agarradera que se adaptaba a la mano. Como cuando uno aprieta un bollo de masilla o plastilina y quedan las marcas de los dedos registradas. Una masa el celeste intenso.
No sé cuando duró, pero no fue demasiado. Después, el último auto fue algo digno. Una rural Fiat 1500, que originalmente fue verde agua, pero después -no sé porque la manía de cambiarles de color- terminó siendo azul noche, un color que traía el Torino, auto que amaba y nunca pude tener uno. No es la de la foto, pero era casi idéntica sin la parrilla sobre el techo. X 052 141
Pero como si las complicaciones de la vida no le alcanzaran -capaz que lo que no le alcanzaba era la plata- tenía en sociedad otro camión con 'el tío Juan', que no era tío, sino su socio. Un Bedfor modelo 61, mas o menos, que compró en la Ticar Motor. Ese si hacía viajes largos, aunque había que llevar un lápiz para dibujarse de nuevo el traste. La velocidad crucero era 50/60 y sabía humear de lo lindo cuando le cargaban 22 toneladas de maíz que iban al puerto de Buenos Aires. Arena de Paso del Durazno, afrechillo para San Juan, maíz para Buenos Aires... La ruta 7 tiene piedra molida que le aportó el coloradito, traida de las sierras de Córdoba.
Un descanso del viejo con El Tío Juan mientras cargaban la piedra
Hay cosas que saltan una generación. A mi viejo le gustaba laburar, inventar cosas, desarmar, arreglar, renegar, en definitiva. A mi me pasaron de largo, creo...
Tenía algunos dichos famosos, como: "porqué se lo van a llevar, si no es de ellos", cuando mi vieja le reclamaba que no dejara las herramientas en la calle. Y un día, los que no conocían sus dichos, le llevaron una caja completa que jamás pudo recuperar. Pero no perdió la confianza en la gente. "¡Pájarito! dijo Giustosi", decía cuando se admiraba por algo, remedando a su amigo Giustosi, que decía ¡Pájarito! cuando se sorprendía. Nunca lo conocía Giustosi para oirle decir ¡Pájarito!...
Pero no le gustaba tener casa propia. Era una decisión y la refrendaba con su firma. Y nos daba clases de porqué no era conveniente. A pesar de que nunca nos fuimos de la casa donde nací, vivíamos siempre con la sozobra de los cambios permanentes en las leyes de alquiler. Finalmente, unos pocos años antes de su muerte, el ingreso de unos pesos extra y la decisión soberana de familia, permitió que por fin la casa propia fuese una realidad que todavía hoy mi madre, mercidamente, disfruta, apenas a la vuelta de la de la calle España. Y yo, por el contrario, acaparé la manía del ladrillo...
¡Tan iguales por los parecidos como por los opuestos!
Nos siguió hasta donde fuimos y se murió en un lugar que no era el suyo. Veinte años después, con mi hermana, lo volvimos a su terruño y de tanto en tanto, le doy una vuelta en el lugar en el que descansa para siempre y me acuerdo de sus cosas, que también son las mías, allá lejos y hace tiempo.
24 de agosto de 2012
domingo, 5 de agosto de 2012
Es domingo y almuerzo "Los Restos del Naufragio"
Pico fino la cebolla, también la cebolla de verdeo. En la sartén se calienta un poco de aceite de oliva. Calamaro canta 'Te extraño' y en Buenos Aires una mujer importante en mi vida cumple años, no sé cuántos, creo que nunca lo sabré.
Tiro las cebollas al aceite hirviendo, mientras de Córdoba parte hacia Austria la única por la que hubiese abandonado todo, la que vi hace una semana y me dí cuenta de que todo estaba intacto.
Corto la zanahoria en finas julianas y también van a parar al caldero. En el face aparece la "campeona en tirar indirectas" de las últimas olimpíadas, como se autodefine. Yo, como si nada, continúo en la tarea de adelgazar en finas tiras los ingredientes: le llegó el turno al zapallito coreano y al flaco Spinetta con su Durazno Sangrante.
Busco dos copas: soda en una, Santa Florentina tinto en la otra. Me la bebo de un solo trago. Es domingo, con todo lo que eso significa.
Lavo las chauchas redondas, les saco las puntas, las particiono y también van a la olla. Cuando estén algo tiernas el zapallito se sumará... "El durazno partido ya sembrado está bajo el agua...", dice el flaco y termina.
Agrego agua a la cocción, vino a mi sangre, nubes a mi mente y zapallito a la comida.
Encuentro un resto de Salsa de Hongos Alicante y se me ocurre que sabrá bien y lo agrego. "Yo te amo", dice Vicentico, cantando aquella 'bonita pieza' de Sandro, "tal vez sea mejor, me marche yo de aquí, para no vernos más...". Yo te amo. Me siento desangrar... tratando de decir... no vernos más... total que más me da...
Busco más "Restos del Naufragio" y encuentro un sobre antidiluviano de Sopa de Queso Knorr y lo sumo. Me agrego más Santa Florentina y un sorbo de soda. En México, en un rato, la mujer responsable de mi rasuración, la de los Rituales del Duelo, comenzará también a cocinar, creo... Y aquí, en mi soledad, la olla bulle y desprende olores mágicos.
El avión debe estar partiendo a Austria llevándose a Fermina Daza. Y yo sigo acá, tan Florentino Ariza como siempre.
En algún lugar, a 400 km de aquí, una de las Desbocadas también prepara -seguro- la tarea del domingo y sé que nunca abandonará el pequeño mundo que construyó sin mí. Ella creyó en el que se fue a Inglaterra y la dejó mirando al cielo, siguiendo el vuelo de esos aviones que se llevan los amores para siempre, hasta nunca... "Sobre alguna autopista que tenga infinitos carteles que no digan nada..." canta Serú. "O me mates este mediodía, nena...".
Ahí también van a la olla las sobras picosas de berenjena en escabeche, abundantes de ajo y ají puta parió. La pócima va tomando aroma y color. Agrego un poco de sal y descongelo pan, lo unto en el aceite del escabeche mientras "la ciudad se nos mea de risa, nena...". Pica el esófago con el pan untado en ese aceite espeso, entre colorado y verdoso y lo acompaño con un trago de vino. Parabarara bara bara bará... Coloco la tapa, cuidando que las berenjenas ya cocidas queden arriba, así no se desarman.
"Acabo de verte y ya se qué nací para casarme contigo", le dice Antoine a la peluquera. Abrazame fuerte, que no pueda respirar... "Tengo miedo de que un día no quieras bailar conmigo", le dice Mathilde antes de tirarse en el río. Mucho más inteligente que yo. "Lo que fue tan hermoso, mejor que no caiga al olvido", dice mientras los vapores salen de la olla y ella se hunde en aguas turbulentas.
"En la mesa dos copas de vino y a la noche se le fue la mano..." canta Rodrígo en una de las más bonitas versiones de Derroche. Hoy comeré sin platos. "Para entrar en el cielo no es preciso morir", sigue. Sirvo vino nuevamente, "derrochamos, no importaba nada, la reserva de los manantiales. Parecíamos dos irracionales que se iban a morir mañana...".
Pruebo mi platillo: me quemo la lengua y el paladar, lo alivio con un trago de Santa Florentina, después soda. "Que derroche de amor, cuanta locura...". Del fuego a la mesa, la sartén sirve de improvisado plato, como me gusta a mí. El menjunje sabe a cielo y acá, en este rincón de las sierras de Puntania, levanto la copa, compartiendo "Los restos del naufragio" con todas aquellas que me acompañan en mi soledad, aunque hoy sean solamente recuerdo.
5 de agosto de 2012
Tiro las cebollas al aceite hirviendo, mientras de Córdoba parte hacia Austria la única por la que hubiese abandonado todo, la que vi hace una semana y me dí cuenta de que todo estaba intacto.
Corto la zanahoria en finas julianas y también van a parar al caldero. En el face aparece la "campeona en tirar indirectas" de las últimas olimpíadas, como se autodefine. Yo, como si nada, continúo en la tarea de adelgazar en finas tiras los ingredientes: le llegó el turno al zapallito coreano y al flaco Spinetta con su Durazno Sangrante.
Busco dos copas: soda en una, Santa Florentina tinto en la otra. Me la bebo de un solo trago. Es domingo, con todo lo que eso significa.
Lavo las chauchas redondas, les saco las puntas, las particiono y también van a la olla. Cuando estén algo tiernas el zapallito se sumará... "El durazno partido ya sembrado está bajo el agua...", dice el flaco y termina.
Agrego agua a la cocción, vino a mi sangre, nubes a mi mente y zapallito a la comida.
Encuentro un resto de Salsa de Hongos Alicante y se me ocurre que sabrá bien y lo agrego. "Yo te amo", dice Vicentico, cantando aquella 'bonita pieza' de Sandro, "tal vez sea mejor, me marche yo de aquí, para no vernos más...". Yo te amo. Me siento desangrar... tratando de decir... no vernos más... total que más me da...
Busco más "Restos del Naufragio" y encuentro un sobre antidiluviano de Sopa de Queso Knorr y lo sumo. Me agrego más Santa Florentina y un sorbo de soda. En México, en un rato, la mujer responsable de mi rasuración, la de los Rituales del Duelo, comenzará también a cocinar, creo... Y aquí, en mi soledad, la olla bulle y desprende olores mágicos.
El avión debe estar partiendo a Austria llevándose a Fermina Daza. Y yo sigo acá, tan Florentino Ariza como siempre.
En algún lugar, a 400 km de aquí, una de las Desbocadas también prepara -seguro- la tarea del domingo y sé que nunca abandonará el pequeño mundo que construyó sin mí. Ella creyó en el que se fue a Inglaterra y la dejó mirando al cielo, siguiendo el vuelo de esos aviones que se llevan los amores para siempre, hasta nunca... "Sobre alguna autopista que tenga infinitos carteles que no digan nada..." canta Serú. "O me mates este mediodía, nena...".
Ahí también van a la olla las sobras picosas de berenjena en escabeche, abundantes de ajo y ají puta parió. La pócima va tomando aroma y color. Agrego un poco de sal y descongelo pan, lo unto en el aceite del escabeche mientras "la ciudad se nos mea de risa, nena...". Pica el esófago con el pan untado en ese aceite espeso, entre colorado y verdoso y lo acompaño con un trago de vino. Parabarara bara bara bará... Coloco la tapa, cuidando que las berenjenas ya cocidas queden arriba, así no se desarman.
"Acabo de verte y ya se qué nací para casarme contigo", le dice Antoine a la peluquera. Abrazame fuerte, que no pueda respirar... "Tengo miedo de que un día no quieras bailar conmigo", le dice Mathilde antes de tirarse en el río. Mucho más inteligente que yo. "Lo que fue tan hermoso, mejor que no caiga al olvido", dice mientras los vapores salen de la olla y ella se hunde en aguas turbulentas.
"En la mesa dos copas de vino y a la noche se le fue la mano..." canta Rodrígo en una de las más bonitas versiones de Derroche. Hoy comeré sin platos. "Para entrar en el cielo no es preciso morir", sigue. Sirvo vino nuevamente, "derrochamos, no importaba nada, la reserva de los manantiales. Parecíamos dos irracionales que se iban a morir mañana...".
Pruebo mi platillo: me quemo la lengua y el paladar, lo alivio con un trago de Santa Florentina, después soda. "Que derroche de amor, cuanta locura...". Del fuego a la mesa, la sartén sirve de improvisado plato, como me gusta a mí. El menjunje sabe a cielo y acá, en este rincón de las sierras de Puntania, levanto la copa, compartiendo "Los restos del naufragio" con todas aquellas que me acompañan en mi soledad, aunque hoy sean solamente recuerdo.
5 de agosto de 2012
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